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Monjes, razones y otras culpas
Cuando a finales del verano de 1996 viajaba a Madrid para disponerme a comenzar mis estudios de Licenciado en Matemáticas, la poesía aún no me había envenenado, y el futuro que imaginaba para mí era el de un investigador en Matemáticas. Esa tarea solitaria, silenciosa y oscura, entregado a la única luz de la razón, era toda mi ambición. Y es que siempre he tenido vocación de monje de clausura, un monje al que hace ya mucho que le sobra la oración y solo tiene y quiere el trabajo.
Pero claro, la poesía llegó, y sin abandonar mi vocación auténtica se me multiplicó la faena. Durante muchos años, cuando me centraba en las matemáticas sentía con culpa que abandonaba la poesía; y cuando era la poesía donde ponía el foco, el sentimiento de culpa era idéntico por apartar las matemáticas. Luego llegó la programación informática y lo complicó todo un poquito más, porque mucho más ya no era posible. Y, en fin, que pasan los años y aquí me tienen ahora maquetando y editando libros.
De entre mis errores, me acuso principalmente de dos: durante quince años ejercí como docente de Enseñanza Secundaria y durante casi veinticinco años fui lector diario de prensa escrita. Caí en la cuenta de ambos tropiezos gracias a la experiencia y al conocimiento, que, quiera que no, crecieron. Otros muchos errores y fracasos, algunos con apariencia de éxito rotundo, no viene al caso recordarlos hoy.
Y en fin, que no se piensen que nada de lo hecho hubiera sido posible sin acompañar al cerebro de mucho corazón. Hoy tengo la felicidad de que sin haber llegado a la ancianidad puedo afirmar que las pasiones no me atormentan ni me distraen. Es cierto que no me he librado de ellas, pero su atracción se disipa tan pronto que creo poder afirmar que, al fin, soy un feliz monje de clausura.
Por supuesto son muchas más las aventuras en las que me he metido en la vida, y sin poder imaginar las que vendrán sé que no son pocas las que lo harán.